martes, 2 de septiembre de 2014

Reloja Luna

Speedteacher 1969


En plena confianza voy a escribir un cuento particular donde no necesitaremos ficción porque ocurrió en la realidad. Sin embargo requeriremos imaginación, indispensable para leer cualquier relato. Así propongo imaginar para motivar a la Igualdad entre escritores y escritoras, lectores y lectoras. Muchos siglos y milenios han sido necesarios para poder disfrutar de esta presunta Igualdad entre mujeres y hombres, al menos en la historia llamada Occidental. Presunta igualdad porque todavía queda mucho por hacer. Podríamos hablar de una igualdad oficial o legal, política o democrática, junto con el voto de la mujer, conseguido a finales de siglo XIX en Nueva Zelanda y Australia, pero en Europa (en gran parte) se necesitó un bien entrado siglo XX. Y como dicen que para un cuento es necesario una trama, habrá que entramar o enlazar este hecho histórico junto a algo sugerente y también surgido en aquella época entre siglos, un protagonista merecedor de gloria. Sin más dilación presento al héroe de este cuento: el reloj de muñeca o reloj de pulsera. Porque entre la mujer democrática y el reloj de pulsera hay tema, desenlace y final abierto.


El protagonista del cuento aparece en la historia humana ocupando un tamaño astronómico, pues requería a toda una estrella y un cielo despejado para funcionar, se llamaron relojes de sol. Quizás se les podía haber llamado relojes de sombras, porque eran las sombras quienes en realidad señalaban la hora. Por ello desde la Antigüedad se viene pensando en medir las horas sin necesitar al Sol o a las sombras terrestres, ideando mecánica o moviendo agua. Muchos fueron los intentos de alternativa a los relojes de sol, como la clepsidra, en femenino, o reloj de agua, en masculino. Parece ser que inventado por los egipcios. Es fácil de hacer, una vasija simétrica llena de agua con un orificio adecuado para que tarde un día en vaciar todo el líquido contenido, dividir el espacio interior de la vasija en 24 partes iguales, marcamos los 24 trazos y ya tenemos una clepsidra capaz de medir las horas. Con la clepsidra comenzó a medirse el tiempo democrático, y con un modelo muy simple de cubos con agujeros medían los demócratas atenienses el tiempo de los discursos en la ekklesia o asamblea de la polis. También la clepsidra fue una herramienta muy utilizada por los oradores romanos.

Clepsidras de la Atenas del siglo V a.C. Vía Wikipedia.

De la República Romana se pasó al Imperio de Roma y ya no fue necesario medir el tiempo democrático, pues no hubo democracia en los siglos siguientes. Hasta que el mundo humano fue necesitando medir el tiempo no sólo para la democracia o los discursos entre iguales, sino para toda la sociedad. Las ciudades necesitaron trasladar a muchos la medición oficial de las horas, sobre todo cuando esa medición fue requerida por administraciones, transportes, universidades y para ciertas relaciones laborales o empresariales. Y así en la Edad Media, con un dominio absoluto de la Iglesia que hacía casi imposible nuevos inventos, se inventó el reloj de cuerda... Bueno, por llamarlo de alguna manera, pues se necesitaban pesas y ruedas ocupando un espacio amplio. El tiempo mecánico nació necesitando mucho espacio, pero la relojería mecánica comenzó a evolucionar. Todavía hoy en día dos religiosos se disputan en la historia la invención o creación del primer reloj mecánico sobre principios del siglo XIV. Al menos sabemos que en una torre de Padua, Italia, en 1344 se construyó la segunda máquina para medir las horas. Y en los siglos siguientes comenzaron a llenar de relojes los campanarios o torres en las grandes plazas de las ciudades europeas. Era una lenta pero contundente Revolución Mecánica. Y el tiempo medido y detallado en horas se hizo democrático para la sociedad. Así hombre o mujer, extranjero o niño, daba igual quien fuera, que mirara al campanario o torre con reloj: ya sabría la hora exactas. También desde lejos, tan sólo oyendo las campanadas que anunciaban las horas. Un verdadero y universal conocimiento público, simplemente saber la hora que es, algo tan normal en la actualidad fue un gran logro en nuestro pasado común.

En esta nueva era mecánica no se podía discriminar a la Mujer respecto al tiempo mecanizado, cosas de la ciencia, y la máquina informaba de la hora a las mujeres IGUAL que a los hombres. He aquí una igualdad casi sin importancia, sin apenas darse cuenta los que vivieron en aquellos tiempos. Esta igualdad capaz de ser ofrecida por un objeto mecanizado era diferente porque la lógica, desde la mecánica, acabaría llegando en pocos siglos a la lógica política y aparecería la igualdad política con el voto de la mujer. Y aquella Ciudadana pronto a nacer sería obsequiada por el progreso tecnocientífico con un hermoso símbolo: el reloj de pulsera, muy femenino cuando nació. Las primeras ciudadanas llevaban en su muñeca un pequeño objeto mecanizado capaz de informarle, para su uso y libertad, del paso exacto del tiempo. Pero antes, mucho antes, los relojes formados por grandes maquinarias que requerían amplias habitaciones en las torres de las plazas, hubieron de evolucionar. Lógicamente el siguiente reto fue hacerlos más pequeños para el interior de las casas... Mejor digo, mansiones (porque eran muy caros).

Alguien pensó que, además de empequeñecer las piezas, en vez de desplegar la maquinaria en horizontal: hacerlo en vertical y podía resultar mejor. Y así nacieron los prototipos de relojes de pared. Las herramientas de los relojeros se volvieron más ligeras y precisas. Gracias al mismísimo Galileo, Huygens introdujo el péndulo en los relojes de pared (1647). Estos sofisticados medidores de tiempo comenzaron a cronometrar minutos exactos, pero sólo estaban al alcance de los más ricos y sus sirvientes. El reloj de la torre era el reloj de los pobres, pero saber la hora no llenaba el estómago, aunque podía ayudar. También esta época nos ofrece algo hermoso que merece ser destacado como un personaje importante de este cuento, el Ritmo. El famoso “tic tac” (al que se pudo incorporar sonido musical para señalizar las horas) entra en la escena de este relato. Y de qué manera, Huygens además aplicó el muelle de espiral en nuevos relojes llamados de salón y también en los relojes de bolsillo. Hasta que todo hombre que se considerara caballero (con dinero) debía tener encima un reloj de bolsillo y otro de pared en su casa. Espirales y péndulos marcando el ritmo del tiempo, necesario para que toda la maquinaria, hasta llegar a las manecillas, cumpla su función.

De bolsillo para caballeros y de pulsera para señoras

El ritmo se convierte en un gran personaje de los relojes, al menos hasta que aparecieron los digitales. Con este ritmo a bordo el mundo humano fue haciéndose más preciso; ya no sólo las horas y los minutos, también los segundos fueron necesitados. Así llegamos a la revolución industrial con buenos planos detallando piezas y tecnologías proporcionadas por los relojeros. Otro personaje importante para este cuento, y apadrinado por la Historia, es el relojero, reivindicando aquí su trabajo como antesala de la revolución industrial y sala de la revolución mecánica. De la ingeniería motivada o creada por los relojeros resultarían piezas moviendo otras máquinas para transformar y mezclar la materia, produciendo en serie todo aquello que se pudiera vender; era la revolución industrial y sus fábricas. Primero se fabricaron telas en serie que incluso se exportaron por mar. Las ventas marcharon tan aceleradas que el sistema económico mundial cambió a unos niveles nunca vistos, cosas de la revolución industrial, en femenino. Porque el mercado, en masculino, además patriarcal y cerrado (por no decir machista directamente y romper el contexto de la época). El mercado se hizo templo del dinero, en sus aledaños la plebe vivía o consumía como podía con lo poco que sacaba del duro trabajo en fábricas y campos, pero en el interior del mercado los empresarios y los consumidores ricos movían grandes fortunas y potentes recursos tecnológicos en constante progreso. Al mismo tiempo una potente clase media comenzó a levantarse (destinada a participar activamente en importantes revoluciones venideras).


Con el mercado industrial también llegaron sus crisis con acusado desempleo, precariedad laboral y hambrunas para muchos. Quizás en alguna crisis a alguien se le ocurrió una idea lógica, sencilla pero genial por el atrevimiento. Descubrió que las mujeres de los ricos eran potencialmente grandes consumidoras. Inmensas fortunas estaban en manos de mujeres ricas y apenas se movían. Mover parte de esas fortunas de bolsillo, venderles, suponía suculentas ganancias, y así se hizo para gloria del mercado industrial. Comenzó a fabricarse productos para mujeres, algunos en serie como sombreros y botones. Al mismo tiempo las mujeres de clase pobre pudieron trabajar y ganar dinero, algunas o muchas pasaron a la clase media, y todas consumieron productos del mercado industrial. Aquello era demasiado nuevo para el mundo humano; y justo ahí, aparecieron las sufragistas, mujeres con relojes de pulsera. Así este cuento sin ficción presenta con elegancia a este objeto mítico, el reloj de muñeca, masculino y femenino en un mismo nombre. Y precisamente cuando aparecieron estos medidores de tiempo en las muñecas femeninas: aparecieron las libertades políticas y el voto de la Mujer. Al menos en gran parte de Occidente.


Las mujeres que querían votar, las mujeres democráticas, aparecieron respaldas por autonomía intelectual y económica como nunca antes en la historia. Revolucionaron la historia occidental y en pocas décadas consiguieron el voto femenino. Y aquellas ciudadanas portaban relojes de pulsera que a los hombres les parecía escandaloso llevar. Los caballeros de aquella época creían que era ridículo o afeminado llevar relojes de pulsera. Ellos llevaban relojes de bolsillo, pero, después del "dios mercado", la "diosa guerra", muy poderosa, y algo de tiempo, hizo poner a los hombres relojes de pulsera (I Guerra Mundial). 

Unos años antes los hombres solían opinar que seguirían con el reloj de bolsillo y que llevarlo en la muñeca era como llevar una joya o pulsera, y por lo tanto nada varonil. Así que el gran mérito del reloj de pulsera, protagonista de este relato sin ficción, es para las mujeres democráticas, las primeras portadores de estos objetos. Esta costumbre femenina parece que tiene raíces en el año 1812, y esta vez no hablaremos de la Pepa (la Constitución de Cádiz), sino de Caroline, también en femenino, hermana menor de Napoleón (precisamente un emperador “emparentado” con la Pepa). Resulta que un tal Louis Breguet, a saber con qué intenciones, regaló un reloj de muñeca a esta reina de Nápoles, Caroline. Y a finales de este siglo XIX la moda se extendió entre las damas ricas.

Mujer sentada con reloj de pulsera.
Picasso, 1932. Óleo sobre lienzo.

El tiempo, en masculino, continuó, junto al mercado, ya algo menos masculino, y ambos entraron de lleno en el ya establecido colonialismo, terrible masculino. Llegaron las guerras, terribles femeninas, entre potencias colonizadoras y pueblos a colonizar, y conflictos bélicos de potencias colonizadores entre ellas mismas. La diosa guerra seguía exigiendo su tributo a la acelerada historia de Occidente y sus relojes mecánicos, y se perdieron la vida de muchos jóvenes, muertos por balas o explosiones. Como si el acelerón tecnológico condujera a guerras industriales (las dos guerras mundiales).

Mucho antes, en África, al ejército inglés, gran consumidor de relojes de bolsillo, necesitó atar sus relojes en las muñecas de sus oficiales y mandos para ver bien la hora incluso en estado de marcha ligera. Pudieron ser los primeros "afeminados" obligados por la guerra. Pero aquel guiño de la "diosa guerra" no fue observado por el "dios mercado". Hubo de esperarse algunos años para que apareciera por primera vez en la Historia otro de los personajes importantes de este cuento, el aviador. Mensajero alado de los hombres con reloj en la muñeca.


A principios del siglo XX los aviadores eran vistos como héroes. Hombres que podían volar, para muchos parecía como si cierta mitología se hiciera realidad. Aquellos héroes voladores necesitaron controlar bien el ritmo (el tiempo) dentro de sus aparatos. Así el joyero parisino Cartier desarrolló en 1904 un reloj para su amigo el pionero brasileño de la aviación, Alberto-Santos Dumont. Y este cuento tiene el honor de llamar a Alberto para representación histórica por ser uno de los primeros héroes “afeminados” (por llevar reloj de pulsera) de la historia mecánica e industrial, en realidad a todos los primeros aviadores que tuvieron el valor de ponerse en sus muñecas relojes de pulsera o femeninos. El Real Cuerpo Aéreo británico eligió en 1917 a los relojes Omega como cronómetros oficiales para sus unidades de combate, y el ejército de Estados Unidos en 1918.

La sufragista británica Emmeline Pankhurst junto al batallón de la muerte
formado por mujeres y último defensor del gobierno provisional ruso. 

Ya sólo faltaba la popularización del reloj de muñeca entre la población civil y masculina. Ocurrió porque, imaginemos cuento, tanto deificar al mercado industrial, con el progreso tecnológico imparable (aún hoy), puso celosa a la "diosa guerra" y exigió al ser humano el mayor de los tributos hasta entonces, un enorme sacrificio de muerte y destrucción, la I Guerra Mundial. Donde el mercado industrial, en su versión militar, fue capaz de matar a millones de humanos en poco tiempo, una inmensa fábrica de muerte con millones de productos garantizados. La "diosa guerra" quedó saciada con tantos muertos humanos en la pila del sacrificio bélico, y en su generosidad favoreció llevar relojes de pulsera a los hombres militares y a los hombres civiles a partir del fin de la Gran Guerra, años veinte del siglo pasado.

En definitiva y salvando las distancias, inmersos en la historia bélica, los relojes de pulsera masculinos eran también algo que robar para los ladrones de cadáveres de la siguiente Guerra Mundial. Otro gran festín que se dio la "diosa guerra" a costa del "dios mercado" en su faceta más financiera y regulando la evolución inestable de la Política. Finalizando este segundo matadero del siglo XX llegó la "diosa ciencia", por fin y mostrando ética , dispuesta a poner algo de orden y cordura entre tanto desmadre y locura. Esta diosa inventó la energía atómica y le dijo a los "fieles" de la "diosa guerra" y a ella misma, algo así: “ahí tenéis, bombas atómicas, sólo podréis utilizar este invento industrial y tecnológico en una sola guerra mundial, ya después no habrán más guerras mundiales ni posiblemente Humanidad”. Era el fin o la paz, entonces nuestra ciencia politica inventó los Derechos Humanos y hasta ahora parece que estamos decidiendo la paz mundial.


La "diosa guerra" pensó fríamente (la guerra fría) la propuesta de la "diosa ciencia", y estuvo a punto de decir que no, ella quería más guerras mundiales. Al final, con la promesa de numerosas guerras locales y muchos muertos, la "diosa guerra" aceptó y dejó de devorar con guerras mundiales. La "diosa ciencia" aparecía con mejores lógicas y productos, y el "dios mercado" comenzó a agasajarla mientras la "diosa guerra" disfrutaba y se distraía entre guerras locales. Pero el mercado occidental dejó de predominar y aparecieron dos mercados que compitieron en ciencia, tecnología, economía, espacio y en guerras locales. En esta locura tecnológica rivalizaron por llegar primero a la Luna, en femenino. La carrera espacial, también en femenino... Un momento, al inicio de la carrera espacial o en la llegada del humano a la Luna no hubo mujeres. Esto no puede ser, algún mito femenino debemos imaginar en esta aventura selenita. La protagonista principal de este cuento está a punto de aparecer y alunizar. Casi mejor, ya es hora digital de alucinar este cuento, digo alunizar, para centrarnos mejor en el reloj de pulsera, objeto del mito femenino en la igualdad humana y ciudadana. Reloja Luna, el reloj de pulsera del astronauta.

Alucinemos a gusto, también alunicemos, y porqué no, preguntando: ¿qué objeto femenino llevaba Armstrong y Aldrin al pisar la Luna?. ¡Llevaban relojes de pulsera femeninos! Así que sí, allí sobre la Luna hubo símbolo de mujer, de su historia, no sólo estaban sus hijos varones (hablando por la madre de Armstrong o de Aldrin), también estaba ella misma en la forma de una máquina capaz de ser la protagonista de un cuento histórico con pretensiones mitológicas. Una máquina que hacía tic tac, que tenía ritmo. En concreto Armstrong y Aldrin llevaban relojes de pulsera de la marca Omega modelo Speedmaster, como el de la imagen:


Estamos ante la protagonista principal del cuento, la querida Reloja Luna, la Omega Speedteacher, aquí cambiada de sexo por arte casual y presunta literatura. Cuando miro a Omega Speedmaster veo a Reloja Luna. Y veo más, pero eso habrá de dejarse para otro relato. El sueño del relojero, anticipo... La inteligencia artificial y sus robots, exquisito femenino con muchos masculinos... Bueno, que tenemos que cerrar el cuento. Iba a dedicar este relato a todas las mujeres pero una lucecita roja que pone “Igualdad” se ha encendido. Así que dediquemos el cuento a las mujeres y hombres que volaron y quieren volar a la Igualdad. Lucecita verde.

FIN

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