viernes, 4 de marzo de 2016

Íntima


Un niño nació en una esquina de la ciudad de Málaga, sobre la oscuridad de la madrugada. Y a las pocas horas de edad fue abandonado, apenas envuelto en un trozo de tela gruesa, a las puertas de la Catedral. Su madre era una indigente alcohólica que mendigaba por las calles comerciales y, por lo tanto, conocida por la policía local. Tras su detención no paraba de repetir que abandonar allí al niño era lo mejor que pudo hacer. Como no entendiendo delito en acudir a su desterrada esperanza cristiana y dejar al bebé ante la imponente sede católica. Curiosamente acertó, el Obispado de Málaga tramitó las instancias adecuadas para que el bebé fuera criado y educado en un orfanato de la provincia.

Los primeros cinco años de la vida de Inocencio transcurrieron en un pequeño orfanato del municipio de Ronda, hasta que fue adoptado por un viejo matrimonio sin hijos que vivía en un pequeño pueblo sevillano. José tenía sesenta y tres años, su mujer, Consuelo, rondaba los cincuenta y siete. Debido a la considerable edad y prácticamente sin más familia, habían decidido adoptar un niño para ayudarles en la cercana vejez con las labores del campo y en la humilde granja que moraban. Cuando vieron a Inocencio ya no buscaron más, su aspecto sano y despierto avaló la decisión. Al poco tiempo aquel niño de ojos grandes y pelo tieso durmió en una nueva y mejor cama. Al hogar de un caserío blanco a orillas cercanas de Laguna del Conde, un pequeño pueblo o aldea en plena Marisma del Guadalquivir.

Pronto apodaron al niño con un diminutivo cariñoso, None. Y así fue creciendo y adpatándose bien a su nuevo entorno rural. Sin embargo, nunca fue al colegio, no sólo porque quedaba muy lejos, sino porque Consuelo le ensañaba a leer, escribir, matemáticas, algo de geografía y todo lo que ella sabía. Que no era poco, había sido profesora y gracias a ello pudo tramitar esta enseñanza a distancia. Sin colegio y sin calles con vecinos None apenas tenía amigos de su edad. Sus padres adoptivos sólo lo llevaban al cercano pueblo de Villaman del Condado para la misa de los domingos. Después del acto religioso el niño disfrutaba de su único día libre semanal. En aquellos festivos le gustaba recorrer las calles del pueblo y hablar con la gente mayor, por lo general era considerado un niño simpático y educado. En algunas ocasiones otros niños le incordiaban. A veces, incluso, tenía que huir corriendo de chicos mayores que trataban de pegarle o hacerle llorar.

Sin embargo None era el niño que conocía a más personajes relevantes del pueblo: a Miguel el tabernero, a su tocayo el panadero, a Plácido el del kiosco, a Lucas el tendero, a Vicente el orfebre... Pero entre todos, el que más respeto y admiración le causaba era el subteniente Higinio, un viejo excombatiente de la Guerra Civil que perdió su pierna derecha en la dura Batalla del Ebro. Entre tanto diálogo con mayores y al paso de algunos años el niño descubrió que quería ser adulto cuanto antes. Y con doce años despertó al amor. Se enamoró perdidamente de Luisa, la enfermera ayudante del único médico del lugar. Aunque previamente medio padrón masculino del pueblo también se “enamoró” de ella. La verdad es que, la difunta Luisa, era una señora muy hermosa.

Al respecto Higinio solía decir al muchacho:
- Cuando seas hombre tendrás una así o mejor, pero debes hacerte un buen hombre.

En realidad None no quería tenerla, eso le daba miedo. Se acomadaba en la contemplación y daba riendas sueltas a su imaginación para liberar los sentimientos que hacia ella nacían. Todas las noches solía dejar un hueco en su pequeña cama donde dibujaba a Luisa. Con voz baja y suave le contaba sus proyectos e ilusiones y le hablaba de su amor. Cuando el sueño vencía besaba el otro extremo de la almohada sintiendo que posaba sus labios sobre los de su amada, dándole las buenas noches, y así dormía tranquilo y feliz el pequeño gran romántico.

Al menos algo bueno y real tenía todo aquello y, por ir a verla, el niño perdió su miedo a los médicos. Al poco tiempo su madre Consuelo, consciente de los hechos y acostumbrada ya a las disimuladas enfermedades y malestares de None, lo dejaba ir solo a la consulta. El jovencito tenía un concepto muy particular de la hipocondría y casi una vez a la semana allí estaba, en la consulta del médico, viendo a la mujer de sus sueños. En poco menos de un año a None le había "dolido" casi todas las partes de su cuerpo, incluidos los órganos interiores, hasta la sangre llegó a "dolerle".

. . .

Todo cambió para Inocencio al año siguiente, con la llegada de la primavera falleció su madre adoptiva y, en otoño, José también murió. Quedó solo en la vida a los 13 años de edad, lleno de tristeza, sólo pensar en Luisa aliviaba su pesar. Al menos su padre adoptivo había empleado todo su capital en asegurar a None hogar y estudios en un importante colegio privado de Sevilla. El mismo día de su partida None fue a ver por última vez a su amada. La consulta médica no se encontraba aún abierta. Debía ser temprano. Se acercó y descubrió que la puerta no estaba cerrada con llave, entonces abrió, entró y tímidamente se sentó en la salita de espera. Allí guardó silencio.

A los dos minutos comenzó a escuchar un ruido lejano en el interior de la casa, algo parecido a un grifo abierto. Se incorporó, se acercó y comprobó que el sonido provenía de la ducha del cuarto de baño. Caminó despacio hasta el pasillo y vio el bolso de Luisa sobre una de las sillas. De pronto, aquella joven mente masculina, descubrió con sorpresa la realidad: Luisa se estaba duchando detrás de la pared que tenía frente a él, sobre la que posó una mano indecisa.

El morbo del muchacho se disparó y con la adrenalina recorriendo su cerebro penetró sigilosamente en el despacho médico donde estaba el baño. La falda de Luisa se encontraba echada sobre la mesa. Su chaqueta sobre el respaldo de la silla, el sujetador y braguita sobre el asiento. Precisamente fue la preciosa braguita de raso blanco la prenda que más llamó la atención de None. La tocó suavemente y después la cogió entre sus manos.

A su lado, la puerta del baño estaba entreabierta, dejando paso directo al sonido del agua salpicada sobre el cuerpo de su amada. La excitación creció por segundos. Sabía que intentar mirar era muy arriesgado, pero se armó de mucho valor y logró asomar un tercio de su cabeza. Tuvo suerte, Luisa en momento estaba de espaldas y, afortunadamente para él, desnuda. Quedó impresionado y boquiabierto, nunca había visto la piel íntima de una mujer. Su corazón latía a un ritmo frenético. La beldad contemplada terminó de enjuagarse y se inclinó para cerrar los grifos. El momento de volverse para salir de la bañera estaba cerca, pero el espontáneo mirón aguantó unos segundos más su mirada de deseo, hasta el último y arriesgado momento. Después se marchó con prisas y en silencio, de puntillas, como los ladrones. Porque cuando salió a la calle, sin apenas darse cuenta, portaba entre sus manos la prenda más íntima de Luisa, que rápidamente ocultó tras su jersey.


Cinco horas más tarde Inocencio, alias “el niño None”, ya estaba como pasajero en un autocar rumbo a Sevilla. Durante todo el trayecto apenas sacó la mano de su bolsa de viaje, en el interior estaba una prensa robada, la prenda más íntima de la amada que daba luz a su corazoncito de hombre. Sonreía mientras tocaba su apreciado botín y su tacto facilitaba la imaginación feliz hacia sueños embriagadores.

. . .

En realidad, gracias a ese primer amor, None, o don Inocencio, es en la actualidad médico cirujano del Hospital Clínico Universitario de la ciudad de Málaga. Tiene 27 años y justo ahora se encuentra sentado en el jardín de su casa, en una urbanización elevada, frente al mar, de la famosa Costa del Sol. Precisamente recrea en su mente las imágenes de su partida de aquel pequeño pueblo bético. Su mirada está perdida en el horizonte mediterráneo, entre ese azul marino que acaricia sensible al blanco, como a la blanca cal del viejo muro del jardín que ofrece su sombra a los rosales del arriate...

- ¡Biiiiip!.., ¡biiiiip!..

Un teléfono suena en la mesita del jardín, sobre la que también se encuentra una pequeña maceta con tres flores, un zumo de naranja y una prenda femenina de un blanco apagado por el paso de los años. El zumbido electrónico rescata a None del momento de recuerdos inacabados. Se incorpora, se ajusta mejor las gafas de sol y pulsa sobre su teléfono móvil. Alguien comienza a contestar:

- None, soy tu amigo y detective privado preferido.
- !Hombre, Pedro!, ¿cómo estás?, ¿qué te cuentas?
- Pues tengo nueva e interesante información para ti.
- !Qué bueno!, cuenta, estoy impaciente.
- Tu información era correcta, como te dijeron hace poco, Luisa fue asesinada el mismo día que partiste del pueblo. Pero no sabes que la Guardia Civil detuvo a dos sospechosos: su marido y el médico con el que trabajaba.
- Pero, ¿es que estaba casada? -pregunta sorprendido None-.
- Pues sí, llevaba seis años de matrimonio. El caso es que después de los interrogatorios el marido se confesó autor de la muerte de su mujer, provocada por un fuerte golpe en la cabeza contra un mueble. Le condenaron a veinte años de reclusión mayor y actualmente se encuentra en la Cárcel de Alhaurín.

None piensa rápidamente y decide:
- ¿Podrías concertar una cita con él?
- Es difícil, pero no te preocupes, conozco al Director de ese Centro Penitenciario, y esperemos que él me reconozca, jajaja.
- Jajaja -la risa de None también acompaña el comentario bromista, más por agradecer la gestión que por la gracia que le hace-.

. . .

Han pasado catorce días. El doctor Inocencio Gómez está frente a un cristal blindado, dentro de una cabina de comunicación para reclusos, esperando la llegada del asesino de la mujer que más ha amado y, posiblemente, aún amando. Un hombre de unos cincuenta años, alto y con barba, se presenta al otro lado del cristal. Un inocente que ama frente a un culpable que odia u odió, o eso cree None.

- Hola, ¿para qué quiere usted verme?.
- Buenos días, me llamo Inocencio y voy a ir directamente al grano: vengo a saber por qué mató usted a su mujer hace catorce años.

El viudo de su víctima queda sorprendido, se levanta espontáneamente y con el cuerpo tenso pregunta:
- ¿Quién es usted para interrogarme sobre ello?.

None no tiene más remedio que tranquilizar al hombre mientras comienza a confesar lo que Luisa fue para él: su primer amor adolescente. Y de cómo ahora, después de ser un médico importante y ganar bastante dinero, ha decidido informarse de los motivos de aquel asesinato. El recluso queda asombrado y guarda unos segundos de silencio, hasta que comienza a hablar con voz apagada frente a un None expectante.

- Así que eras un niño, pues yo ni siquiera era hombre, sólo un animal rabioso de celos.
- Sí, y un asesino machista.

El condenado alza la mirada y añade a la tristeza algo de desafío.
- Te juro por lo más sagrado que aquella fue la primera y única vez que pegué a una mujer. Yo no soy reincidente. Y aunque no te lo creas, no soy machista. Pero por encima de todo yo no quería matarla...

La mirada perdida del recluso retorna a los ojos de None y su voz cobra firmeza:
- No sé porqué algo me dice que debo de contarte lo poco que sé. En realidad yo estaba muy enamorado de Luisa, nos casamos por puro amor, y la quería más que a mi propia vida. Vivíamos en Sevilla y yo trabajaba en la construcción. La época más feliz de mi vida, pero tuve un accidente y me rompí una pierna sin estar cotizando en la Seguridad Social. Entonces nos quedamos sin ingresos. Ella no tuvo más remedio que trabajar de enfermera, mismo oficio que su madre, y encontró trabajo en ese pequeño pueblo maldito. Recuerdo que enfermé de celos. Quería espiarla pero no podía debido a la escayola de mi pierna. Así que, de vez en cuando, llamaba por teléfono al doctor Rosales y le pedía que cuidara a mi mujer de los "acosos" de los hombres del pueblo. En realidad el que más desconfianza me daba era el propio médico, y mis llamadas eran una advertencia para que supiera que mi mujer estaba bien casada.
Hasta que llegó el día más amargo de mi vida, cuando el doctor Rosales me llamó por teléfono y me dijo directamente que estaba enamorado de mi mujer, y ella de él. Yo le reprendí que estaba loco, pero él me contestó que, para demostrarme que no era así, mi mujer iba a volver ese mismo día a casa sin un regalo que yo le había hecho en su cumpleaños, unos días antes, y después colgó bruscamente el teléfono.
Aquello me llenó de rabia, ¿cómo sabia el médico datos tan íntimos de Luisa?. No podía ser. Pero fue. Mi mujer llegó ese día de trabajar y comprobé que no llevaba el regalo especial que le hice. Entonces, en un acto de ira, le di una gran bofetada, tan fuerte que perdió el conocimiento y al caer se desnucó contra un mueble y murió en el acto. Fue una locura, un infierno que todavía padezco. Meses después comprobé que Luisa nunca tuvo nada que ver con el médico. La Guardia Civil descubrió en el interrogatorio que el médico estaba enamorado de mi mujer, y de manera obsesiva. Y que tenía conocimiento del regalo porque escuchó a mi mujer, ese mismo día, comentar por teléfono a una amiga que había perdido misteriosamente el regalo de su marido, y utilizó con rabia esa información para ponerme celoso. En aquel momento no me di cuenta que en realidad él estaba más celoso que yo. El médico jamás se acostó con mi mujer, nunca la tuvo. Desde que lo supe mi pena aumentó y deja corta la sentencia de mi castigo. Aún ahora todavía me atormento con una pregunta que ni los mejores investigadores policiales han podido desvelar: ¿por qué Luisa no llevaba puestas aquel día las bragas blancas de raso que le regalé para su cumpleaños?, ¿cómo las perdió "misteriosamente"?, ¿dónde están?..

Todo un mundo cae tras la frente de None, dejando sobre su rostro una máscara de inocencia que también cae, inclinando su cabeza. Dentro de ella, el concepto del amor, se une a la caída y arroja su significado a los abismos de la ignorancia. Lentamente alza su mirada ante el culpable de su tristeza. Y el cristal se transforma en espejo...
 
                                                         Fin

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